Regulaciones para transformar los residuos de la construcción en oportunidades
Por Óscar Rivas, Director de Geocycle México
La construcción es uno de los motores más poderosos de la economía mexicana. Cada edificio levantado, cada carretera construida y cada vivienda entregada representan progreso, empleo y desarrollo.
Pero también dejan una huella menos visible: los residuos de construcción y demolición. Estos materiales (escombros, concreto, cerámica, metales, madera y tierra) se cuentan por millones de toneladas al año.
Y aunque gran parte termina en tiraderos o rellenos sanitarios, lo cierto es que representan un recurso valioso que podríamos reintegrar a la economía en lugar de perder.
Lo interesante es que ya tenemos ejemplos cercanos de que el cambio es posible. Según datos del gobierno capitalino, la Ciudad de México logró aumentar en 400% el reciclaje de residuos de construcción en 2024, pasando de unas 200 mil toneladas a casi 600 mil en un solo año. Ese salto, inédito en la región, demuestra que cuando se trazan reglas claras y se construyen capacidades, la industria responde y la circularidad avanza.
A ello se suma el potencial económico. De acuerdo con el estudio «Mexico Construction and Demolition Waste Recycling Market» de IMARC Group (2024), el mercado mexicano de reciclaje de residuos de construcción alcanzó un valor superior a mil millones de dólares y se espera que crezca a una tasa de 4% anual hacia 2033. En otras palabras, no estamos hablando sólo de un tema ambiental, sino que se trata también de inversión, innovación y empleo sustentable.
He visto de primera mano cómo materiales que parecían inservibles se convierten en recursos útiles. Concretos triturados que se transforman en bases para caminos. Residuos que se reintegran como materia prima en nuevos procesos industriales. Esa experiencia me convence de que la clave no está en preguntarnos si se puede, sino en decidir cómo hacerlo de manera sistemática.
La Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos ya establece principios valiosos como la responsabilidad compartida y la valorización. Ahora bien, en el caso específico de la construcción hay espacio para fortalecer su aplicación con mayor claridad y homogeneidad entre estados. No se trata de criticar lo que falta, sino de reconocer que estamos en el momento justo para dar un salto cualitativo.
Existen varios caminos que podrían consolidar lo que ya se está haciendo bien. Por un lado, establecer metas nacionales de reciclaje de residuos de construcción, graduales y realistas, que sirvan como guía para todo el país. También resulta clave diseñar estándares técnicos uniformes que garanticen la calidad de los materiales reciclados y den confianza a constructores y consumidores.
Al mismo tiempo, podemos avanzar hacia un sistema de trazabilidad digital que aproveche la tecnología para dar certeza sobre el destino de los residuos. Y, por supuesto, acompañar estas medidas con incentivos fiscales y programas de compra pública verde que premien a quienes integren materiales reciclados en sus proyectos.
El sector privado ya está listo para ser parte de esta evolución. En la compañía donde trabajo, nos hemos planteado procesar hasta un millón de toneladas de residuos al año, transformándolos en combustibles alternativos y materias primas para la industria del cemento. No es un esfuerzo aislado, es una muestra de lo que puede lograrse cuando empresas, autoridades y sociedad civil trabajan en conjunto hacia un mismo propósito.
México tiene hoy la oportunidad de ser pionero en América Latina en la gestión circular de los residuos de construcción. Y esa oportunidad se conquista con visión compartida. No se trata de imponer cargas, sino de construir incentivos, certidumbre y colaboración. Con regulaciones claras y progresivas, con innovación tecnológica y con la convicción de que los residuos no son un problema, sino un recurso, podemos cimentar un futuro más limpio y competitivo.
Al fin y al cabo, los escombros que hoy parecen basura son los mismos que mañana pueden sostener una nueva carretera o una vivienda digna. Quizá la pregunta no es si podemos hacerlo, sino cuándo decidiremos hacerlo en serio.

